viernes, 22 de marzo de 2013

Un año es mucho

Según para qué cosas, un año puede ser considerado una eternidad, o un fugaz instante, quién sabe. Para publicar entradas en el blog, sin duda es demasiado. Si hiciésemos caso de la anterior vez que escribí, podríamos deducir que estaba tumbado en el sofá sin hacer absolutamente nada. Y no es del todo cierto. Sí lo es que la pereza me ha podido, y bastante. En los últimos doce meses distintos acontecimientos, felices y no tanto, han jalonado mis días. De ellos sólo me apetece destacar la publicación de mi última novela, cuya lectura recomiendo encarecidamente a todos (claro, qué voy a decir yo, padre de la criatura). El resto me los guardo para mí. Prometo escribir con más regularidad. Al menos como método de supervivencia. No es poco.

jueves, 29 de marzo de 2012

LA PEREZA

En un día en el que se espera que mayoritariamente la gente huelgue, es decir, no trabaje, la idea que me pasa por la cabeza no tiene que ver con el porqué de este comportamiento. Dejo para sesudos analistas, destacados politólogos y agudos tertulianos el honor de ese descubrimiento. Yo pienso en las bondades de la vida contemplativa.

Identificada erróneamente con el recogimiento monástico cristiano, es en realidad el filósofo judío Filón quien habla por vez primera de los ascetas que se dedican seis días de la semana a la contemplación y el séptimo a la interpretación alegórica de textos sagrados. Lato sensu, y merced a algunos profesores chisposos, el concepto se ha asociado a la vagancia estudiantil, esto es a no hacer nada.

Algo que siempre me ha molestado sobremanera es perder el tiempo, y sobre ello hablé en mi último post. Quiero decir que todos deberíamos aprovechar cada momento para recrearnos en aquello que nos ocupe, bien sea obligatorio o escogido voluntariamente. Y esa extraña raza de personas que disfrutan y se regodean no haciendo nada han provocado históricamente en mí no sólo desconfianza sino incluso desdén, cual parásitos de la felicidad, improductivos vagos de solaz propio. No estoy hablando de esa rémora de la moral juedeocristiana que es la cultura del esfuerzo y el trabajo. No. Es otra cosa.

Me sorprendo, pues, queriendo tumbarme en mi sofá para pasar horas mirando al infinito color crema de mis paredes.Vagueando. Yo, que siempre, había creído que mi pecado capital era la lujuria. Siento pereza. Curiosamente, no es la astenia. LO repito. Es otra cosa.

Ah, una curiosidad etimológica: huelga es el sustantivo derivado del verbo holgar, que comparte raíz con su primo folgar, que significa tener ayuntamiento carnal. Follar y no trabajar. Ea.

lunes, 12 de marzo de 2012

SOBRE LA CARESTÍA DEL TIEMPO

Pedro Salinas sabía mucho de muchas cosas. O quizá no fuese así, pero al saber expresar sus pareceres con una meridiana claridad, con una escueta y sencilla elegancia, con sobria perfección, nos da la impresión de que cada una de las cosas sobre las que escribe no guarda el mínimo secreto para él. Es la ventaja de articular tan maravillosamente el pensamiento.

Pedro Salinas sabía mucho, estoy seguro, de poesía. De poesía y de amor. O de poesía, de amor y de tiempo. Seguro que sabía muchas cosas de El Tiempo. En su ensayo "El defensor", escribe muy acertadamente acerca de ello, de cómo todo el mundo va con prisas a todas partes, e incluso en el mayor de los disparates alega ufano para no hacer algo "que no tiene tiempo de nada". Para el gran poeta, esa y no otra es la mayor de las desgracias.

Que yo no sé ni la décima parte que Pedro Salinas de casi nada, y menos aún de amor o de poesía, es una obviedad a la que cualquier Perico Pérez puede llegar sin demasiado esfuerzo. Pero sí sé de tiempo, y de su falta, y de la desgracia que ello supone, del tremendo bocado de insatisfacción que se te agarra cuando ves que no haces todo lo que desearías, y que uno tras otro van cayendo días sin que tu agenda se desinfle.

Caigo en esta reflexión porque me doy cuenta de que hace nueve meses que no actualizo el blog. Y no, no es que haya estado de embarazo. Simplemente es que (ay!) carezco de tiempo.

sábado, 4 de junio de 2011

10 MENTIRAS SOBRE LOS POETAS (II)

6. LOS POETAS VIVEN ENCERRADOS EN SU TORRE DE MARFIL. No hay nada más cursi que esta frase, eufemismo hortera y almibarado para señalar que los poetas son seres huraños; lo cual tampoco es cierto. La mayoría de los poetas hace suyo el aforismo popular "como fuera de casa en ningún sitio".

7. LOS POETAS NO VAN AL GIMNASIO. Pues antes no sé, y lo que es ahora no es que vayan mucho (creo, como yo no voy no puedo saberlo). Pero el sentido de esta "mentira" es que los poetas no se cuidan. Incierto. Si yo ya hasta conozco poetas metrosexuales, por no hablar de los hipocondriacos.

8. LA POESÍA NO DA DE COMER (PERO MIENTRAS DÉ DE BEBER...). No hay más que darse una vuelta por ayuntamientos, diputaciones, centros culturales e instituciones de diversa índole para ver cómo todos quieren adornarse con la figura de un egregio poeta que, en el 82% de los casos (y esta estadística es real)cobra por pasear su egregio palmito para dar fuste a la supramencionada institución. Así que sí que da.

9. A LOS POETAS LES RESULTA MUY FÁCIL ESCRIBIR. ¿A quién se le habrá ocurrido esa gilipollez? Si me dieran un euro por cada vez que alguien me ha asaltado diciendo "anda, escríbeme un poema" juro por Dios que tendría ya pagada mi hipoteca apócrifa.

10. EL POETA NACE, NO SE HACE. NO digo yo que no haya que tener un talento innato a la hora de posar la vista sobre el mundo, pero sin una profunda preparación, un estudio de la estilística y un conocimiento exhaustivo de la tradición y de los rudimentos compositivos es imposible ser un (buen) poeta. Así hay tanto chapucero que piensa que cualquier excrecencia suya es poesía.

jueves, 26 de mayo de 2011

10 MENTIRAS SOBRE LOS POETAS (I)

1. LOS POETAS SON MUY SENSIBLES. Pues mire usted, no tienen por qué. De hecho, buena parte del gremio pasa por ser un puñado de perfectos hijos de puta, a ver si se va a pensar la gente que uno es sublime veinticuatro horas al día (aunque alguno vaya de eso). Otra cosa es que los poetas tengan una sensibilidad distinta, que eso sí. Pero de todos modos suele quedarse en los libros.

2. LOS POETAS LIGAN MUCHO. Hombre, ligar se liga, pero vamos a ser serios, aquí los que se llevan la parte del león son los futbolistas y los toreros (que, curiosamente, son los que tienen pasta de verdad). Por otro lado, aunque seducir no sea difícil, mantener una persona a tu lado es otra cosa, seas poeta o perito agrónomo.

3. LOS POETAS SON UNOS ATORMENTADOS. Otro de los grandes tópicos. Con los divanes de los psiquiatras llenos y la población atiborrada de lexatín y valium, resulta que los únicos tristes son los poetas.

4. A LOS POETAS LES ENCANTA HABLAR DE POESÍA. Error. El tema favorito de todo poeta es él mismo. Hablará de poesía porque es lo que le atañe, y de otros poetas tangencialmente. Pero pronto su ego le obligará a referirse a su propia persona. Al fin y al cabo son el poeta que más a mano tienen.

5. A LOS POETAS NO LES IMPORTA QUE NO LOS LEAN. Mentira de la gorda. Todos quieren que los lean, y además que la gente diga que sus poemas son buenos. Lo que ocurre es que, frecuentemente, en lugar de adecuar su poesía a los gustos del lector, intentan hacerlo al revés. Lo cual, por cierto, está muy bien.

jueves, 24 de febrero de 2011

EL ROLLITO VIRTUAL

Hace unos días volví a hablar con una de esas personas cuya relación se rompe por el silencio voluntario establecido tácitamnte desde las dos partes. Es una antigua compañera de mi época granadina, con la que mantuve una intensa pero muy efímera "comunicación". Lo cierto es que después nunca supe de ella, más allá de los habituales correos cruzados de rigor. Sin embargo, me sorprendió que ella estuviese al corriente de casi todas mis andanzas. Al preguntarle al respecto, ella arguyó amigos comunes, pero sobre todo hizo mención a las redes sociales.

Uno llega a preguntarse si es que existía el mundo antes de facebook. Del mismo modo que no nos explicamos cómo fuimos capaces de sobrevivir hasta hace poco sin teléfonos móviles, ahora el interrogante es cómo distraíamos nuestro tiempo e informábamos al mundo de nuestras sensaciones sin el socorrido soporte cibernético. Y a mí, qué quieren que les diga, romanticismos aparte, este chumineo me está empezando a cansar. Me explico. Si durante un tiempo fue gracioso el tener a doscientas o trescientas personas pendientes de lo que uno publica o no, de un tiempo a esta parte que la gente (virtualmente y físicamente) se permita el lujo de juzgar lo que haces, con quién andas, establecer cábalas o hipótesis de dónde estuviste en determinado momento y con qué compañía, interpretar (la mayoría de las veces de modo erróneo) cada una de las palabras que salen de tu teclado (como si no supiesen que uno anda diciendo pamplinas la mayor parte el día, eso cuando está sobrio) empieza a ser tan molesto como una avispa en la bragueta. Claro, dirán ustedes que eso tiene fácil solución, con no participar de este público circo lo tiene uno todo arreglado. Y yo les daría la razón. Con la salvedad de que a ver entonces con qué gilipollas me meto yo en estos articulillos. Y cómo mi amiga se iba a enterar de todas mis (mal)andanzas.

sábado, 19 de febrero de 2011

BEBER, Y BEBER, Y BEBER

La ingesta abusiva de alcohol está comenzando a afectarme. Y eso es algo que, más que preocuparme, me fastidia. Es una incomodidad, además de una desilusión, puesto que la relación más duradera que he sido capaz de mantener en mi vida ha sido con las borracheras: ellas nunca me han abandonado y yo he procurado no serles nunca infiel.

Supongo que este romance tiene que ver con la más que equívoca idea que me hice siendo aún un adolescente de lo que significaba ser un escritor: vida disoluta (conseguido), versos (conseguido) sexo y conquistas (ay!) y melancolía a raudales (conseguido). Evidentemente, esta “idílica” imagen guardaba más bien poca relación con la verdad del asunto. Y uno se da cuenta de ello enseguida, no crean que el vínculo que me une con la realidad es tan inestable.

Sin embargo les decía que el alcohol comienza a afectarme. Movido por los últimos desengaños sentimentales (una excusa como otra cualquiera) naufragué las últimas semanas libando licores de diversa procedencia, procurando esquivar todo atisbo de consciencia y situándome en el borde del paroxismo. Del lado de allá. Esos días, de difuso recuerdo para mí, sorpresivamente fueron dejando estragos insalvables en mi cuerpo, como muescas en un ya arcaico revólver. Pérdidas de memoria, jaquecas interminables, desencuentros con violencia, pendencias, taquicardias, síndrome de abstinencia… Todo ello, bien es verdad, consecuencias lógicas y avatares normales asociados al reiterado consumo que han supuesto, empero, una insidiosa novedad en mi historial etílico. Me da por pensar (y no es nada agradable), que tendré que limitar, siquiera temporal o parcialmente, mi habitual copeteo ordinario.

Hace algún tiempo le dije a una chica que mi vida gravitaba sobre dos polos: el alcohol y la literatura. Inmediatamente reparé en que hice mal en no incluirla a ella en esa escueta lista. Quizá, de haber sido así, no habría vaciado tantas botellas. O sí, quién sabe, pero no las habría vaciado solo.

A lo mejor lo único que ocurre es que me estoy haciendo viejo. Pero eso, créanme, también es una putada.